lunes, 10 de mayo de 2010

El peligro viene del Este


Tenemos la vista demasiado pendiente de lo más próximo y no siempre nuestras inquietudes y temores coinciden con aquello que realmente debería preocuparnos. A la vuelta de un viaje a Lituania descubro (pobre ignorante) que el verdadero peligro no está, como algunos quieren hacernos creer, en nuestras calles, en esas nuevas medinas que emergen en los barrios pobres de nuestras ciudades opulentas aunque algo alicaídas por las crisis recientes. No, en las calles de nuestras ciudades sólo hay gente con los derechos tan reducidos, tan recortados que apenas tendrán ocasión de cambiar nuestro modo de vida. No pueden votar, no accederán al poder y sólo pueden influir en su entorno más próximo... Y siempre bajo la atenta mirada de la ley. El peligro está en la intolerancia religiosa y social que aflora en los países del Este miembros de la Unión Europea. Integrismo religioso, homofobia, xenofobia, intolerancia social, nacionalismo rampante. Violentos combustibles que tendrán efectos devastadores en contacto con la pobreza generada por la crisis.

martes, 16 de diciembre de 2008

Cena de aparecidos


Era como si 30 años después los cachorros del colegio Champagnat volvieran a encontrarse para comprobar el efecto que el paso de los años había causado en su carácter, en su devenir personal. Tenían, además, en común el hecho de haber protagonizado la primera rebelión –colectiva, se entiende, porque venganzas personales hubo muchas– contra los abusos de que eran objeto en el colegio. Residir tan lejos le había mantenido ignorante de la vida de sus antiguos compañeros y sólo la novela de Roberto le demostraba que algo mágico podía ocurrir tras el reencuentro. Muchas veces Manolo le había ofrecido participar en aquella cena reencuentro de los alumnos del viejo colegio pontevedrés; sin embargo un cierto temor a reencontrarse con los fantasmas del pasado le había frenado. Hoy, por fin, había aceptado la invitación y acababa de llegar a la ciudad después de recorrer más de 1.000 kilómetros. La cita era a las nueve de la noche en un restaurante algo apartado del centro. Entre el pertinaz calabobos, la oscuridad de la tarde y lo apartado del lugar fue imposible identificar a ninguno de los componentes del grupito que esperaba a la puerta del restaurante. Nada más llegar a su altura reconoció a algunos de sus antiguos compañeros; era como si el tiempo sólo hubiera pasado para añadir alguna arruga y algún pliegue a los rostros infantiles. De otros, en cambio sólo supo quienes eran cuando dijeron su nombre. Todos eran para él unos perfectos desconocidos, no sabía qué les había deparado la vida después de los años de bachillerato. Sólo algunas pinceladas del amigo que servía de enlace: que si este trabaja en un banco, el otro es guardia civil, el de más allá médico como su padre, o dentista. Una vez en el interior del restaurante se sentaron como en el colegio: los pringados por un lado y los revoltosos por otro, como si nada hubiera cambiado. El reparto de mesas agrupó, quizás no casualmente a los que todavía hoy se preguntaban cómo habían sobrevivido a una forma tan brutal y sistemática de tortura física y mental y, por otro, a los que participaron en el homenaje a los propietarios del colegio que sirvió como desagravio a las acusaciones –todas ciertas– que aparecían en el libro de Roberto. Los del homenaje eran en su mayoría del grupo de los rebeldes y los que animaban a Roberto eran los antiguos pringados. ¿El mundo al revés? Quizás no tanto. El único brindis de la noche fue por Tino, gracias a quien descubrimos los placeres –solitarios– del sexo a través de las revistas pornográficas que llevaba a clase y prestaba, por días, gratuitamente a algunos compañeros. Alguien recordó, no obstante, que Tino era uno de aquellos alumnos colaboracionistas que abastecían de varas a Gelo cada nuevo curso. Varas que luego medirían nuestros traseros, manos y costillares. Llegados al capítulo de los golpes, alguno de los presentes afirmó, en ese tono tan propio de los adultos, que “recibimos todos los que nos merecimos”. ¡De ninguna manera. Yo no! Clamamos algunos de los presentes. Para dar un ejemplo de la arbitrariedad y gratuidad de los golpes que allí se propinaban, recordé a un compañero (Roberto, con mejor memoria, me recordó nombre y dos apellidos) que, el primer día del primer curso de bachillerato, tuvo el atrevimiento de ser diferente. Era primera hora de la mañana y la primera clase era la de Religión. El profesor, don Jorge, era el típico sacerdote franquista, gordo, de voz grave, mal afeitado y con la sotana llena de manchas. Antes de comenzar la clase preguntó: ¿Alguien no puede dar clase de Religión? La pregunta parecía innecesaria, todos éramos católicos y la Religión era, o así me lo parecía, una asignatura obligatoria del curso. Pues no, en la parte de atrás del aula, una vocecita infantil contestó: “Don Jorge, yo no puedo”. “¿Y por qué?”, bramó el cura mientras se acercaba a un niño de rostro asustado que se había puesto en pie junto al pasillo. “Porque soy protestante” contestó el niño de forma casi inaudible, con un hilo de voz. La respuesta fue fulminante y la mano del sacerdote acertó con tal fuerza en el rostro del alumno que éste cayó al suelo y comenzó a vomitar. Aquel niño no volvió a protestar en su vida. ¡Faltaría más!

miércoles, 18 de junio de 2008

Avistamiento

Si un día tuviera que subrayar  el instante exacto del paso de la infancia a la edad adulta lo hallaría en aquel día en que nuestras veleidades teóricas, nuestras filosofías políticas de patio de colegio devinieron teoría para la acción. Una tarde de invierno -los crudos inviernos pontevedreses-, Enrique nos condujo, a Ángel y  a mi, al apasionante mundo de la lucha revolucionaria. En realidad le introducía a él y yo ejercía de carabina, incómodo hasta tal punto que allí, al amparo de los protectores soportales, de camino hacia la gloriosa larga marcha, le preguntó señalándome: "pero... ¿este piensa?" No sé lo convincente que resultó la respuesta de Ángel pero ese breve examen significó mi ingreso en la vida inteligente, en el mundo de los que piensan, aunque todo se limitaba a beber, mucho,  digerir con dificultad algunos textos elementales de Marx y jugar interminables partidas de subastado en el Lugo o en el Chiruca. Las únicas acciones dignas de ser calificadas como tales fueron una huelga en el instituto, como protesta por la muerte de un estudiante en Santiago y la participación en un multitudinario debate, organizado por un grupo de bienintencionadas alumnas del Femenino (orientadas por una moderna profesora de FEN). De la primera hubo investigación policial y nos salvó la jefa de estudios (casualmente la madre de Luis) que se negó a facilitar los nombres de los cabecillas de la protesta. La segunda tuvo más de ceremonia de apareamiento que de lucha política. Fuera por el ardor juvenil o por la verborrea radical, lo cierto es que no dejamos indiferentes a las chicas. Alejandro y Enrique, vibrantes oradores de sobados estereotipos ácratas (Ni Dios, ni patria ni CNT) fueron los encargados de los discursos. Las tiernas alumnas aprendizas de izquierdistas preguntaron a la profesora por las ideas de aquellos románticos iconoclastas. Anarquistas radicales, les dijo, y creó en ellas una atracción irresistible, a medio camino entre la curiosidad de zoológico y la tentación del pecado. Permanecían sentadas durante horas, en los mismos bares, contemplándonos. Y de esos silenciosos contactos nacieron amores de extraordinaria intensidad y parejas que han sobrevivido al paso de los años.

martes, 17 de junio de 2008

Y por las tardes, revolución proletaria

Cada tarde de un Madrid otoñal acudíamos a un piso del centro para recibir clases de marxismo leninismo. Era como preparar oposiciones a Correos. El curso concluía en examen y el aprobado final comportaba la obtención de una plaza en la célula de un barrio obrero de la periferia. Había que presentarse, después de subidas y bajadas del metro, cambio de tren y simulaciones varias, ante los camaradas (estatus producido por la nueva condición de militante) y, como el nuevo embajador, presentar las credenciales ante un grupo de gente totalmente desconocida, ligeramente hostil y con la que un joven estudiante, con innegable apariencia de progre a pesar de sus esfuerzos por aparentar un aspecto convencional y "clandestino" jamás se habría juntado. Aquello era tan irreal que se vivía como un sueño o, mejor aún, como un juego que entrañaba riesgos reales.

sábado, 7 de junio de 2008

Ocultos bajo el carballo


Sin apenas darnos cuenta, atados por finos hilos de compromisos, abandonamos la luminosa juventud, perdiéndonos en la sombra del tiempo.

Había tanta pasión

Salíamos de la larga noche. Era el primer viaje en libertad después de años de silencio, de vestir la máscara de la impostura, el uniforme de la sumisión. Bajo las estrellas, buscábamos los arcanos de la ciencia oculta de los ermitaños y los monjes. Durante unos días olvidamos cualquier futuro, sólo el momento, la música, la amistad, el amor. Ser jóvenes eternamente, esa es la verdadera revolución.

martes, 2 de enero de 2007

En un lugar lejano

Fue uno de mis propósitos para este año: crear un "blog". Incorporarme a este proceloso mundo de la red y compartir, publicar. Habrá que comprobar -como suele ocurrir con todos los propósitos- si los buenos deseos del nuevo año tienen continuidad en el tiempo. De momento, y a la espera de acontecimientos, seais bienvenidos a esta bitácora que pretende ser una máquina de desentrañar ancestros.