miércoles, 18 de junio de 2008
Avistamiento
Si un día tuviera que subrayar el instante exacto del paso de la infancia a la edad adulta lo hallaría en aquel día en que nuestras veleidades teóricas, nuestras filosofías políticas de patio de colegio devinieron teoría para la acción. Una tarde de invierno -los crudos inviernos pontevedreses-, Enrique nos condujo, a Ángel y a mi, al apasionante mundo de la lucha revolucionaria. En realidad le introducía a él y yo ejercía de carabina, incómodo hasta tal punto que allí, al amparo de los protectores soportales, de camino hacia la gloriosa larga marcha, le preguntó señalándome: "pero... ¿este piensa?" No sé lo convincente que resultó la respuesta de Ángel pero ese breve examen significó mi ingreso en la vida inteligente, en el mundo de los que piensan, aunque todo se limitaba a beber, mucho, digerir con dificultad algunos textos elementales de Marx y jugar interminables partidas de subastado en el Lugo o en el Chiruca. Las únicas acciones dignas de ser calificadas como tales fueron una huelga en el instituto, como protesta por la muerte de un estudiante en Santiago y la participación en un multitudinario debate, organizado por un grupo de bienintencionadas alumnas del Femenino (orientadas por una moderna profesora de FEN). De la primera hubo investigación policial y nos salvó la jefa de estudios (casualmente la madre de Luis) que se negó a facilitar los nombres de los cabecillas de la protesta. La segunda tuvo más de ceremonia de apareamiento que de lucha política. Fuera por el ardor juvenil o por la verborrea radical, lo cierto es que no dejamos indiferentes a las chicas. Alejandro y Enrique, vibrantes oradores de sobados estereotipos ácratas (Ni Dios, ni patria ni CNT) fueron los encargados de los discursos. Las tiernas alumnas aprendizas de izquierdistas preguntaron a la profesora por las ideas de aquellos románticos iconoclastas. Anarquistas radicales, les dijo, y creó en ellas una atracción irresistible, a medio camino entre la curiosidad de zoológico y la tentación del pecado. Permanecían sentadas durante horas, en los mismos bares, contemplándonos. Y de esos silenciosos contactos nacieron amores de extraordinaria intensidad y parejas que han sobrevivido al paso de los años.
martes, 17 de junio de 2008
Y por las tardes, revolución proletaria
Cada tarde de un Madrid otoñal acudíamos a un piso del centro para recibir clases de marxismo leninismo. Era como preparar oposiciones a Correos. El curso concluía en examen y el aprobado final comportaba la obtención de una plaza en la célula de un barrio obrero de la periferia. Había que presentarse, después de subidas y bajadas del metro, cambio de tren y simulaciones varias, ante los camaradas (estatus producido por la nueva condición de militante) y, como el nuevo embajador, presentar las credenciales ante un grupo de gente totalmente desconocida, ligeramente hostil y con la que un joven estudiante, con innegable apariencia de progre a pesar de sus esfuerzos por aparentar un aspecto convencional y "clandestino" jamás se habría juntado. Aquello era tan irreal que se vivía como un sueño o, mejor aún, como un juego que entrañaba riesgos reales.
sábado, 7 de junio de 2008
Ocultos bajo el carballo
Había tanta pasión
Salíamos de la larga noche. Era el primer viaje en libertad después de años de silencio, de vestir la máscara de la impostura, el uniforme de la sumisión. Bajo las estrellas, buscábamos los arcanos de la ciencia oculta de los ermitaños y los monjes. Durante unos días olvidamos cualquier futuro, sólo el momento, la música, la amistad, el amor. Ser jóvenes eternamente, esa es la verdadera revolución.
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