martes, 16 de diciembre de 2008

Cena de aparecidos


Era como si 30 años después los cachorros del colegio Champagnat volvieran a encontrarse para comprobar el efecto que el paso de los años había causado en su carácter, en su devenir personal. Tenían, además, en común el hecho de haber protagonizado la primera rebelión –colectiva, se entiende, porque venganzas personales hubo muchas– contra los abusos de que eran objeto en el colegio. Residir tan lejos le había mantenido ignorante de la vida de sus antiguos compañeros y sólo la novela de Roberto le demostraba que algo mágico podía ocurrir tras el reencuentro. Muchas veces Manolo le había ofrecido participar en aquella cena reencuentro de los alumnos del viejo colegio pontevedrés; sin embargo un cierto temor a reencontrarse con los fantasmas del pasado le había frenado. Hoy, por fin, había aceptado la invitación y acababa de llegar a la ciudad después de recorrer más de 1.000 kilómetros. La cita era a las nueve de la noche en un restaurante algo apartado del centro. Entre el pertinaz calabobos, la oscuridad de la tarde y lo apartado del lugar fue imposible identificar a ninguno de los componentes del grupito que esperaba a la puerta del restaurante. Nada más llegar a su altura reconoció a algunos de sus antiguos compañeros; era como si el tiempo sólo hubiera pasado para añadir alguna arruga y algún pliegue a los rostros infantiles. De otros, en cambio sólo supo quienes eran cuando dijeron su nombre. Todos eran para él unos perfectos desconocidos, no sabía qué les había deparado la vida después de los años de bachillerato. Sólo algunas pinceladas del amigo que servía de enlace: que si este trabaja en un banco, el otro es guardia civil, el de más allá médico como su padre, o dentista. Una vez en el interior del restaurante se sentaron como en el colegio: los pringados por un lado y los revoltosos por otro, como si nada hubiera cambiado. El reparto de mesas agrupó, quizás no casualmente a los que todavía hoy se preguntaban cómo habían sobrevivido a una forma tan brutal y sistemática de tortura física y mental y, por otro, a los que participaron en el homenaje a los propietarios del colegio que sirvió como desagravio a las acusaciones –todas ciertas– que aparecían en el libro de Roberto. Los del homenaje eran en su mayoría del grupo de los rebeldes y los que animaban a Roberto eran los antiguos pringados. ¿El mundo al revés? Quizás no tanto. El único brindis de la noche fue por Tino, gracias a quien descubrimos los placeres –solitarios– del sexo a través de las revistas pornográficas que llevaba a clase y prestaba, por días, gratuitamente a algunos compañeros. Alguien recordó, no obstante, que Tino era uno de aquellos alumnos colaboracionistas que abastecían de varas a Gelo cada nuevo curso. Varas que luego medirían nuestros traseros, manos y costillares. Llegados al capítulo de los golpes, alguno de los presentes afirmó, en ese tono tan propio de los adultos, que “recibimos todos los que nos merecimos”. ¡De ninguna manera. Yo no! Clamamos algunos de los presentes. Para dar un ejemplo de la arbitrariedad y gratuidad de los golpes que allí se propinaban, recordé a un compañero (Roberto, con mejor memoria, me recordó nombre y dos apellidos) que, el primer día del primer curso de bachillerato, tuvo el atrevimiento de ser diferente. Era primera hora de la mañana y la primera clase era la de Religión. El profesor, don Jorge, era el típico sacerdote franquista, gordo, de voz grave, mal afeitado y con la sotana llena de manchas. Antes de comenzar la clase preguntó: ¿Alguien no puede dar clase de Religión? La pregunta parecía innecesaria, todos éramos católicos y la Religión era, o así me lo parecía, una asignatura obligatoria del curso. Pues no, en la parte de atrás del aula, una vocecita infantil contestó: “Don Jorge, yo no puedo”. “¿Y por qué?”, bramó el cura mientras se acercaba a un niño de rostro asustado que se había puesto en pie junto al pasillo. “Porque soy protestante” contestó el niño de forma casi inaudible, con un hilo de voz. La respuesta fue fulminante y la mano del sacerdote acertó con tal fuerza en el rostro del alumno que éste cayó al suelo y comenzó a vomitar. Aquel niño no volvió a protestar en su vida. ¡Faltaría más!

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